Que Venecia no muera

Políticos y empresarios impusieron un modelo económico basado en el turismo de masas que elimina las consideraciones ambientales o de cohesión social

TEXTO: ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Desde el avión que descendía para el aterrizaje vi Venecia en la luz oblicua y dorada del atardecer, los canales y las cúpulas, las islas dispersas sobre la laguna, el cielo con un resplandor suave como de fresco de Tiepolo. Me fijé más porque hacía mucho tiempo que no visitaba la ciudad, y porque esta vez tampoco iba a quedarme en ella. Venecia era el destino de mi vuelo, pero no el de mi viaje, porque en el aeropuerto alguien me recogería para llevarme a otra ciudad en el Véneto. Venecia era esa visión prodigiosa y fugaz, y yo pensé con tristeza o resignación que casi lo prefería, por no verme sumergido entre la muchedumbre turística que estaría inundando la ciudad, esa tarde de finales de septiembre. Desde la ventanilla del avión reconocía torres y cúpulas, y me acordaba de viajes de hace muchos años que han dejado en mí una memoria indeleble: también veía, altos y masivos sobre la lámina quieta del mar, los cruceros que se acercaban como emisarios de una armada invasora.

Era hace menos de un año y era también hace mucho tiempo, porque ahora sé que vivíamos en otra época. Ahora hemos vuelto, no sin provecho, a los viajes virtuales de recuerdos y los libros. Me acuerdo de Venecia porque he leído, y empezado por segunda vez, un libro recién traducido de Salvatore Settis, Si Venecia muere, una reflexión y un manifiesto, un panfleto indignado y riguroso sobre la singularidad cívica y estética y las amenazas que penden sobre la ciudad, pero no solo sobre ella. Para Settis, que es uno de los grandes historiadores italianos del arte, y también una especie de valeroso agitador político, el peligro de muerte o colapso que sufre Venecia se parece mucho al de otras grandes ciudades de Italia, y al de idea misma de la ciudad como organismo y ecosistema de convivencia humana. El crecimiento incontrolado, el dominio de los especuladores, la corrupción y la frivolidad política, el sometimiento de todos los valores a la primacía del dinero, se alían para despojar a la ciudad de su condición de espacio compartido —no solo entre los ciudadanos de ahora: también entre los que vivieron en ella en el pasado y los que la habitarán cuando nosotros no estemos—.

La ciudad, por definición, es de todos y de ninguno: la presión del mercado inmobiliario y de los intereses particulares deja sin efecto las leyes o las cambia a su medida. En Venecia, políticos y empresarios impusieron un modelo económico basado en el turismo de masas, y por lo tanto, en la eliminación de consideraciones ambientales o de cohesión social de la ciudad. El beneficio que dejan los habitantes de esos cruceros que Settis equipara a rascacielos especulativos no compensa el daño que su volumen y su número causan a las estructuras frágiles sobre las que se asienta la ciudad. Venecia se despuebla de personas reales y es ocupada por presencias a las que Settis llama ectoplasmas, gente rica que compra apartamentos a precios altísimos para ocuparlos solo unos días al año.

Settis es un historiador muy sabio y un polemista elocuente, que escribe una prosa clara y limpia, muy bien traducida por Nuria Martínez Deaño. Las cifras las maneja con tanta contundencia como los argumentos. En 1951 Venecia tenía 174.808 habitantes censados. En 2014 quedaban 56.664. En diciembre de 2019, añaden en la edición española del libro, habían bajado a 52.996. En 1950 hubo en la ciudad 1.924 nacimientos y 1.932 muertes. En 2000, los nacidos fueron 404, y los muertos, 1.508. Si el turismo multitudinario es el único modelo económico posible para Venecia, lo estará siendo a costa de su desaparición como ciudad en el sentido pleno de la palabra.

Cabe la posibilidad de convertirla en un parque temático, en un simulacro de sí misma. Settis disfruta mucho enumerando otras Venecias espurias que se multiplican por el mundo, más espectaculares, mejor acabadas, mucho menos incómodas que la Venecia real. En Las Vegas, el Venetian Resort Hotel tiene, además de 8.000 habitaciones y un casino anexo, una Venecia con canales y góndolas y réplicas del campanario de San Marcos y del puente Rialto, entre otras atracciones. Sophia Loren en persona la inauguró en 1999, desplazándose en una góndola motorizada. En Macao, en otro de los hoteles con casino más grandes del mundo, la Venecia que se ha copiado no es ya la real, al fin y al cabo complicada y confusa, sino la Venecia del Venetian Resort Hotel de Las Vegas. Despojada de sus habitantes comunes, y por lo tanto desprovista de su vitalidad civil, la Venecia verdadera casi puede llegar a ser un sucedáneo sin lustre de las otras Venecias de Las Vegas, o Macao, o la que está en el New South China Mall de Dongguan, cerca de Hong Kong, en la que además se encuentra mezclada con réplicas de Roma, Ámsterdam, París, las pirámides de Egipto y una isla del Caribe, entre otras atracciones.

Salvar Venecia, o cualquier otra ciudad bella, agitada, vivible, de Italia y de cualquier otra parte, es lograr que prevalezca el espíritu igualitario de la democracia sobre los intereses especulativos, que el espacio público pertenezca a las personas y no a las corporaciones ni a los coches, que las innovaciones y los cambios necesarios se planeen respetando la forma específica y la continuidad que cada ciudad ha ido manteniendo a lo largo del tiempo, procurando que no se rompa el equilibrio entre la obra humana y la naturaleza, tan delicado como el que une el pasado y el porvenir, a través del presente. Salvatore Settis, en 2014, proponía una Venecia con viviendas accesibles para jóvenes y para emigrantes, con limitaciones severas a la “desenfrenada reutilización turístico-hotelera de los edificios y la proliferación de segundas residencias”; también recuperar terrenos agrícolas, incentivar la investigación y la formación profesional y universitaria, las residencias para estudiantes: “Hace falta un nuevo pacto de ciudadanía, que ha de comenzar por un fuerte compromiso de quienes se sienten ciudadanos que incite a las instituciones y a los políticos a mirar la ciudad con una mirada creativa”.

Hace solo seis años, cuando el libro se publicó en italiano, todo esto habría parecido insensato, o quimérico. Hoy, cuando hemos visto con nuestros propios ojos la imprudencia suicida de sacrificarlo todo al turismo de masas, y hemos podido caminar y respirar por las ciudades, el manifiesto de Salvatore Settis se lee como un programa de activismo ciudadano.