‘Una familia en Bruselas’: el monólogo de la cineasta Chantal Akerman sobre su madre y la pérdida

La editorial Tránsito publica un monólogo escrito por la cineasta belga Chantal Akerman sobre su madre, una mujer que durante toda su vida cargó con el trauma de Auschwitz

«Y veo también un piso grande casi vacío en Bruselas. Solo con una mujer que suele ir en bata una mujer que acaba de perder a su marido». Una mujer que los viernes se arreglaba para visitar a su familia. Una mujer que esperaba con paciencia las llamadas telefónicas de sus dos hijas. Una mujer que durante toda su vida cargó con el trauma de Auschwitz. Se llamaba Natalia Leibel, aunque sus seres queridos la apodaban Nelly; era la madre de la cineasta y escritora Chantal Akerman.

En la madre de la artista belga (Bruselas, 1950-París, 2015) caben muchas otras mujeres. Su historia es la de la cotidianidad, el espacio doméstico y la abnegación. Una narrativa que queda fuera de los grandes relatos, pero que Akerman, gran referencia del cine experimental, reivindicó desde el principio: en News from Home (1976), leía las cartas que Natalia le enviaba a Nueva York sobre inusuales planos de la ciudad. Casi cuarenta años después, No Home Movie (2015) acompañaba los últimos meses de su progenitora. Entre medias, Una familia en Bruselas, libro publicado originalmente en 1998; un monólogo fluido y palpitante en boca de la madre de Akerman, una narración en la que la autora alterna entre su propia voz y la de Natalia.

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Ahora, Una familia en Bruselas llega a nuestro país de la mano de Tránsito, con traducción de Regina López Muñoz. Fue ella quien hizo la propuesta a Sol Salama, fundadora de la editorial que desde 2018 publica a autoras que escriben en primera persona. «Cuando leí el libro en francés, tuve claro que lo publicaría y a la vez sabía que era arriesgado. Es un libro que no está dividido en capítulos, es un texto vómito, y no tiene un argumento muy concreto sino más bien un tema general: la familia y la pérdida, el duelo», cuenta Salama a elDiario.es.

«Es mucho más sencillo tener una historia, y en Una familia en Bruselas parece que no pasa nada», recalca la editora. Y destaca a Akerman «por la reivindicación de lo banal frente a lo profundo o, más bien, por reivindicar que lo más importante está en el día a día, en lo cotidiano». En este monólogo, al igual que en el cine de Akerman, no hay palabras grandilocuentes ni momentos sobre los que orbite la trama; lo importante reside en aquello que a menudo no se nombra, en el sentido ritual de la vida diaria. La narración sí que gira alrededor de un tiempo concreto: la reunión familiar durante las semanas previas y posteriores a la muerte del padre.

Para sobrellevar una espera incierta, Natalia llena cafeteras para sus seres queridos y todas las mañanas se turnan para llamar al enfermero. Hasta que un día él telefonea en primer lugar. Ese fin de semana, Chantal se encontraba en París por trabajo, pero vuelve rápidamente en el coche de un amigo «que sabía perfectamente lo que había pasado porque a él le había pasado lo mismo». Al llegar a casa, descubre que «no reinaban la intimidad y la tranquilidad sino una especie de zumbido en el ambiente y mi madre no se había puesto carmín y los espejos estaban tapados con manteles y mi madre me estrechó con delicadeza entre sus brazos y las dos suspiramos y no fue como dos días antes».

Entre Natalia y el mundo

«Su hija la de Ménilmontant sale mucho de viaje. Hoy mismo le ha preguntado si cuando vuelva de sus viajes podrá hacer un viajecito más hasta su casa para estar con ella cuando la operen como el año pasado. Su hija ha aceptado porque es la clase de cosas que su hija acepta. Ella sabe que puede contar con su hija lo que pasa es que vive lejos y contar con alguien que vive lejos no es lo mismo que contar con alguien que vive cerca». Akerman residió durante años en Ménilmontant y otros barrios de París, pero trabajó y pasó temporadas en distintos países: Estados Unidos, México, Israel o China. Vivía entre su madre y el mundo.

A lo largo de su prolífica carrera, la artista exploró diversos temas y formatos. Rodó su primer corto, Saute Ma Vie (1968), con solo 18 años, aunque fue Jeanne Dielman, 23 Quai du Commerce, 1080 Bruxelles (1975), un largomentraje de más de tres horas sobre una mujer que ejerce la prostitución para mantener a su hijo, el que llamó la atención de la crítica. En los dos filmes ya aparecen temas claves en su obra: las condiciones de vida de las mujeres, el desarraigo, la memoria y lo doméstico. Los formatos fueron variando —del documental experimental a los musicales o las videoinstalaciones—, pero Akerman siempre regresaba al vínculo más importante de su vida, con el que también cierra su filmografía: No Home Movie es una carta de amor y un doloroso retrato del deterioro materno, una vuelta a la casa familiar donde todo comenzó.

En cuanto a la producción literaria, Una familia en Bruselas no es el único libro que Akerman dedicó a su madre. En 2013, cuando Natalia se estaba muriendo, la artista volvió de Nueva York para cuidarla. Del último año que pasaron juntas nació My Mother Laughs, traducido en nuestro país como Mi madre se ríe y publicado por Ocho Milímetros, actualmente sin distribución. Por eso, la labor de Tránsito es un regalo tanto para profundizar en la obra de la artista como para aproximarse a ella por primera vez.

Es imposible no leer de un tirón las 68 páginas de Una familia en Bruselas, pero después merece la pena regresar con detenimiento y entender lo que hay detrás de las palabras. Por ejemplo, la supervivencia al Holocausto, un tema del que Natalia y su marido nunca hablaban, pero que influyó en la obra de Akerman y permea la narración. «Siempre he pensado que mi madre era la mujer más guapa y que sentía un amor loco por mí, igual que yo por ella. Pero al final me di cuenta de que no podía querer a nadie, salvo a sí misma, y ni siquiera completamente. Tuvo que aprender eso para poder sobrevivir en los campos. Quererse para sobrevivir. Era una especie de fuerza», afirmó en 2011 durante una conversación con la revista Lumière.

Chantal Akerman se suicidó en 2015, meses después de la muerte de su madre y tras un empeoramiento de su enfermedad maniaco-depresiva. «Tus representaciones de múltiples cuerpos —en el fondo, de uno solo— nos han cambiado. El cuerpo femenino, el cuerpo de la mujer, ella, tú, yo, como síntoma, todas como singularidad», escribe en el bellísimo epílogo del libro la montadora y directora gallega Diana Toucedo. «Ya no estás, pero te escuchamos igual, te sentimos igual, estás presente igual porque tu cuerpo sigue aquí. El cuerpo es lo que nos queda, un relato de vivencias».

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